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 EL AGUJERO NEGRO

Por Roberto Iguera

Agrimensor - Prof. de la UNS - Bahía Blanca

  "El agujero negro" podría, quizá, ser un buen título para denominar una zona reciente de la historia de la Argentina en la que nada se hizo para evitar el preocupante fenómeno social que representa, hoy, la inseguridad desatada por individuos sin códigos de tipo alguno.
Ante el fracaso el Estado en su misión de velar por la seguridad de los ciudadanos, la pretendida teoría sobre la calidad de "sensación" atribuida a la inseguridad, durante mucho tiempo, está siendo abandonada en los análisis de coyuntura que es dable escuchar o leer por estos días. Dicho de otro modo: no vale más filosofar sobre la realidad cuando esta es una contundente sucesión de evidencias objetivas.
Pero también es necesario proyectar ideas basadas en diagnósticos que todos deberíamos consensuar, porque, parafraseando la licencia que dan los dichos populares, ya hay demasiada leche derramada para seguir llorando resignadamente sobre ella.
En la difícil tarea de diagnosticar, vemos que va quedando atrás, también, la concepción clásica sobre las causas que llevan a delinquir a cierta parte de la especie humana, por haber rebasado toda frontera lógica el cúmulo y las características de esos actos y que, hasta ahora, eran comparables, en casuística y fenomenología, con otras sociedades del mundo. Ya no, y se hace necesario encontrar una explicación local, porque el proceso desatado está diezmando a muchas familias y socavando las bases mismas de la convivencia comunitaria, a causa, entre otras cosas, de un plexo jurídico que pareciera insuficiente para sostener las garantías necesarias para esa convivencia.
Valga, entonces y para mejor proveer, citar al Dr. Juan Manuel Villarruel, profesor de la universidad de Rosario, que, en su trabajo titulado El valor de la seguridad jurídica , en el primer párrafo, dice todo lo que debemos tener definido: "El sustrato del fenómeno jurídico se encuentra constituido por la vida, entendida como la tendencia a persistir en la existencia, y la libertad, cual búsqueda del desarrollo de las potencialidades ínsitas en lo humano".
Algo, en el patrón vernáculo de sucesos delictivos, se salió de madre y no responde a estadísticas, modalidades ni código alguno relacionado con la vida y los bienes de los ciudadanos comunes. La gente percibe una guerra demasiado sucia, porque es una guerra con rehenes indefensos que son buscados en los escenarios de su vida diaria. Y el destino de las intersecciones entre ciudadanos y malvivientes es tanto o más azaroso que el dicho popular lúdico: "a suerte o verdad". Suerte, si se es privado sólo de los bienes, y la verdad suele ser (cada vez con más frecuencia) la supresión de la vida.
¿Como retornamos a nuestra metáfora del título? A poco que sepamos que el agujero negro está en la Vía Láctea con más incógnitas que conocimiento por parte de la ciencia humana, que no lo ha podido penetrar y, por ende, no conoce lo que allí sucede, comprenderemos una de las tantas descripciones de su impenetrabilidad, por la vía de un párrafo extraído de Internet: "Este horizonte de sucesos separa la región del agujero negro del resto del universo, convirtiéndose en una especie de frontera que ninguna partícula puede atravesar. Obviamente, si la luz no puede salir de un agujero negro, no tenemos forma de obtener información de lo que ocurre detrás de su horizonte de sucesos".
La metáfora es tan aceptable como cualquier otra para sentar como presupuesto válido que en una zona de nuestra historia reciente ocurrió, y ocurre aún, algo parecido. El horizonte de sucesos es la mente enferma de parte de una generación, que estuvo y está como habitante en ese agujero en el que no penetra y tampoco sale nada de luz.
Una generación a la que le fue reemplazada la educación y una vida digna por la condena a vivir en el agujero, con la sutil diferencia, en la comparación con el sorprendente cosmos, que este agujero negro terrenal y argentino sigue siendo el albergue del cual se puede salir para ejecutar los actos más irracionales que "la falta de luz" pueda dictar, y luego regresar para seguir permaneciendo en la penumbra más aterradora que una mente normal pueda soportar.
Otra diferencia metafórica: al alucinante e increíble cosmos no se le demandan las causales de sus designios, más allá de indagar, a través de la investigación astronómica, los orígenes de sus fenómenos; el agujero negro made in Argentina, en cambio, sí tiene responsables directos, como así también una legión de indiferentes, conocedores de su existencia y su permanencia. Los primeros, los más comprometidos, son quienes manejaron y manejan los ramos de la administración pública del Estado. Ellos no deben, no tienen derecho de aparecer, como se suele ver por las pantallas, con sus ceños fruncidos, alegando no entender este fenómeno que está envolviendo con un luctuoso manto de irracionalidad la sociedad argentina. No deberían ofender así nuestra inteligencia y sí deberían abandonar tanta hipocresía y falta de recato.
Los segundos, lamentablemente, en mayor o menor grado, somos todos: es un fácil comodín la excusa de haber delegado en los primeros toda la responsabilidad sobre un tema tan sensible; en todo caso, el escenario no es diverso, es único y es, también, nuestro único continente para el transcurso de la existencia de todos.
La alegación de ignorancia ("no creí que había tanta pobreza", "nunca imaginé que la droga estaba tan presente en la franja etaria más vulnerable, que es la juventud", "ignoraba tanta deserción escolar") es un signo preocupante de nuestra propia capacidad de caminar sobre las ruinas; en este caso, de los valores, de los derechos, de las oportunidades.
Sabemos, y, si no, debemos saberlo, que existe parte de una generación ya condenada, por haber sido habitante del agujero negro: Niños desnutridos sin el desarrollo de sus capacidades intelectuales, que se hicieron hombres un día cualquiera, de la noche a la mañana, y que manejan la perspectiva definitivamente asumida de la finitud temprana de sus vidas, jugadas en enfrentamientos con la policía o en ajustes de cuentas dentro de su propio entorno. Una apreciación que puede parecer nimia o demasiado simplista, pero que explica por qué tanta sangre corriendo sin contención, como una dantesca pesadilla que nada ni nadie puede detener. Una manera dramática de decir "te llevo conmigo porque eres cómplice y yo no tengo nada que perder".
Entonces, hagámonos cargo de haber mantenido activo el agujero negro, pero no más. La hora impone el despertar de los anticuerpos sociales para que, en la generación que está naciendo ahora, la educación, la igualdad de oportunidades para afianzar la indisolubilidad de los núcleos familiares, la garantía efectiva de los derechos elementales terminen clausurando definitivamente la entrada a la pesadilla del agujero negro y su secuela de daños irreversibles.
Eso sí, a partir de ser un país previsible, queremos ser una nación respetada por el mundo.

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